El puchero mágico

Mientras   una parte de la humanidad apenas tiene nada para comer, a otra le sobra casi de todo. La historia de la alimentación humana siempre ha sido así, una historia injusta entre el hambre y la abundancia. La buena noticia para nosotros, ciudadanos del siglo XXI, es que el número de los que pasan hambre disminuye año a año. El informe sobre  El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2013, elaborado por diversos organismos mundiales (1), nos dice que  durante 2011-13 había en el mundo un total de 842 millones de personas aquejadas de hambre crónica, lo que supone el 12% de la población mundial (éstas habían sido 868 millones de personas para el período 2010-2012). La mala noticia es que con estas cifras de ninguna manera se va a llegar al objetivo, propuesto en la Mundial sobre Alimentación de 1996, de reducir para 2015 el hambre a la mitad.  

El estado de debilidad física que provoca el hambre (con la consecuente propensión a contraer enfermedades infecciosas) que hoy sufren muchas de las personas que viven en países en desarrollo, era hace siglos la realidad para la mayor parte de los hombres y mujeres en todo el mundo, como nos cuenta el historiador Massimo Montanari en su excelente  El puchero mágico (La historia de la comida y la mesa), un libro dirigido a los niños y publicado en España en 2009 por la editorial Oniro.

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Impresiona pensar cuantas fatigas y trabajos pasaron nuestros antepasados para quitar el hambre y cuantos siguen pasándolos. Los campesinos medievales, relata Montanari,  vivían pendientes de lo que iban a comer. ¡Contaban con tantos imponderables! Dependían del sol y la lluvia, del viento y del frío, que hacían que sus cosechas fueran más o menos abundantes y pudieran almacenarse  en mejor o peor estado. Dependían de que estuviesen en paz o en guerra y de que pudieran librarse de las plagas o infecciones que cada cierto tiempo asolaban sus tierras. Procurarse el alimento diario era una de sus principales tareas para lo cual ideaban toda clase de estrategias.  

El pan que era el alimento más básico se hacía con todo tipo de productos. Si no había trigo, que era casi siempre puesto que el trigo se producía en pequeñas cantidades, se hacía de centeno, mijo, cebada o avena (unos cuantos siglos antes de que las boutiques del pan, los convirtieran  en productos delicatesen). Los campesinos comían un pan de calidad inferior en sopas, polentas y menestras. También añadían legumbres como judías, garbanzos y guisantes, con las que, por otra parte, también  elaboraban harinas (igual que hacían con las castañas). En tiempos de mayor hambre, se comían incluso bellotas, que, bajo diversas manipulaciones, pueden hacerse comestibles. Y si no había nada de lo anterior, hacían el pan con la semilla de la uva o con las flores de los avellanos. Incluso las raíces de los helechos prensadas les servían como harina. Un cronista medieval escribe que en el siglo XI, siglo en el que hubo una gran carestía de alimentos, se extraía de la tierra un polvo blanco similar a la arcilla, que mezclaban con un poco harina o salvado y hacían pan. Pan que no debía ser muy nutritivo a juzgar por como describe a la gente que lo comía, “tenían caras pálidas y hundidas y la piel estirada por la hinchazón”.

El libro de Montanari que reúne en breves capítulos todo tipo de fábulas, historias reales, cuentos, leyendas y mitos en torno a los alimentos,  es difícil de encontrar (yo me lo topé de casualidad en un Todo a Cien), pero te aseguro que merece la pena.

 (1)    Este informe ha sido publicado por la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) y el Programa Mundial de Alimentos (PDA). 

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