De las cosas del café (1)

tazascafé Contar de dónde vienen los productos que habitualmente tenemos en la despensa daría para cientos de horas de conversación con nuestros hijos. Por ejemplo, el café, esa bebida que suele fascinarles, más que por su sabor, por la prohibición de tomarlo cuando son pequeños.

El café es particularmente interesante porque nada sabemos sobre sus orígenes y podemos dejar volar la imaginación para ponerle rostro a ese primer hombre al que se le ocurrió tostar, moler e infusionar
sus frutos. Sí sabemos que la planta del café o cafeto, como se le llamó más tarde, es originaria de Etiopía y de todo el valle del Rif. Así lo delatan los restos de semillas fosilizadas de café encontradas en la zona, que homínidos como Lucy –la famosa austrolopitecus descubierta en 1974- utilizarían como alimento. Comerían la carne roja del fruto y expulsarían las duras semillas del interior. Y seguro que repetirían una y otra vez al verse invadidos por una estimulante euforia que les ahuyentaba el sueño.

Una leyenda árabe relata que hace más de mil años, en las colinas de Yemen había un convento de religiosos musulmanes, que vivían de lo que les producía su rebaño de cabras. Un día, los pastores que las cuidaban, se dieron cuenta de que las cabras estaban inquietas y que no dormían lo que era habitual. Observándolas, vieron que comían unas pequeñas bayas rojas, poco carnosas y con un gran hueso dentro que colgaban de unos arbustos que por allí crecían. Corrieron a contárselo a los monjes del monasterio y éstos, intrigados, se pusieron a consultar sus herbarios para saber de qué planta se trataba. Los miraron de arriba abajo y de abajo a arriba, pero aquella planta les era desconocida. Así que recogieron los frutos rojos y comenzaron a experimentar con ellos, como unos Adrià del año de Matusalén: a palo seco, las encontraron horribles; las pusieron en agua pero tampoco les entusiasmaron; a uno, o a varios –no podemos saberlo- se le ocurrió tostarlas, molerlas y hervir el polvo resultante. Aquel líquido oscuro sí les gustó: conseguía mantenerles despiertos más horas y con la mente lúcida. ¿Fue así? Quizá sí, quizá no. Los datos que ya forman parte de la Historia nos dicen que el consumo de café entre los pueblos árabes y musulmanes fue común a partir de los siglos VIII y IX de nuestra era. A hacerse tan popular ayudó que los musulmanes encontraron en esta bebida un buen sustituto de las bebidas alcohólicas, especialmente del vino, que el Corán les prohibía tomar.

tazacafé_0370-1 El café llegó a Europa a finales del siglo XVI traído por mercaderes venecianos; como había que venderlo, los publicistas de entonces basaron su campaña en alabar sus extraordinarias virtudes medicinales (sin ninguna base científica, claro) y, como ocurre siempre, los que tenían dinero y querían estar a la última, esto es los nobles y burgueses, enseguida quisieron probarlo. Italianos, franceses y alemanes se convirtieron pronto en grandes consumidores.  El café, como su primo el té, se convirtió en la excusa perfecta para las relaciones sociales y personales, tanto en las casas, como en los nuevos locales públicos que comenzaron a aparecer en la segunda mitad del siglo XVII y a los que pusieron el original nombre de cafés. Siglos después, el café sigue siendo centro de reuniones y charlas, de excusas para quedar y ver a los amigos. Y a los que amamos el café nos entusiama que así sea.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Nati dice:

    Muy interesante!
    A mi tambien me encanta el café y sobre todo tomarlo en compañía .
    Besitos.

  2. iñigo dice:

    Muy bonita la historia…como siempre… y que intemporal….”campaña sin ninguna base…éxito asegurado”….me suena….jajajajajajajaja

    Seguiré enganchado a estos minirelatos……

    Para la próxima tesis sobre el café te apunto un tema que desata gran polémica en mi familia: la achicoria… : sabor???, color???, economía de posguerra???…..jajajajaja

    1. Hombre, !echaba de menos tus comentarios en este blog! Pero siento decirte que sobre la achicoria no voy a escribir nada, !soy alérgica! A mi parecer, solo pervierte el gusto del café.

  3. Pipi dice:

    Yo también amo el café…me gustan todos: espreso, cortado, con leche, o americano. Me gusta hasta el de puchero…todos 🙂

    1. Oye, ¿dónde vives? Un día podíamos quedar… y tomar café.

  4. Amaia dice:

    Súper interesante….sobre todo para una adicta como yo! 😉

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